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La ciudad vaciada…

  • Foto del escritor: belu
    belu
  • 11 abr 2020
  • 2 Min. de lectura

Un impredecible escenario utópico salido de una narrativa distópica, donde un virus mortal inunda el aire en el que vivimos, donde minimizar todo contacto humano dejó de ser una "sheldonmania" y se convirtió en un acto de responsabilidad cívica; y donde el exterior tan anhelado por los auto encarcelados ciudadanos huele a miedo y muerte, a logrado lo impensable: a vaciado la ciudad.


Los parques con columpios congelado en el tiempo, las calles como monumentos muertos de una dinámica ya obsoleta de movimiento; se ponen en contraste con el apilamiento de cajas de hormigón albergando a cenas familiares, reuniones de oficinas, parque de juegos, estudios de yoga, teatros; todo al mismo tiempo. Se describe entonces a la ciudad como la construcción espacial del miedo y los escenarios que dibujan "el afuera" refleja nuestra evidente fragilidad y ponen a prueba el que tan capaces somos de asegurar nuestra supervivencia.





El primer principio ecosistémico para salvaguardar la vida de una especie en el planeta es la reproducción, un sin fin de réplicas que pueblen la tierra. ¿Ya hemos superamos esa premisa? Es hora de producción más que reproducción, producción de nuevos sistemas y de nuevas premisas.


La ciudad y la arquitectura en ella enfrenta el desafío de abandonar su funcionalidad primaria de asegurar un hábitat de comodidad y estabilidad para las personas, y volverse el escudo protector que salvaguarde la vida, nuestra vida. Microcápsulas ecosistémicas que aseguren tres puntos: un encaje simbiótico en nuestro ya delicado entorno natural, segundo un proceso de materialidad auto regenerativo que asegure un ciclo de vida sustentable y por último generar atmósferas que funcionen como un sistema de soporte de sanación física y emocional para sus habitantes.


En un mundo tan acelerado tal vez era necesario un momento para detenernos, cerrar los ojos y dejar de pensar, dejarnos sentir más allá de nuestra individualidad, evaluar nuestras habilidades de empatía y sentir el dolor de esa herida en la humanidad, esa incertidumbre del volver a salir, y diseñar nuevas alternativas con un enfoque más participativo que deje de esperar el lento y egoísta fluir de la políticas públicas, dando respuestas más reales y transformadoras. Alistemonos, esa es nuestra responsabilidad.




 
 
 

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